DE VOLUNTARIA EN VIETNAM 5ªPARTE

Estos imprevistos suceden, en los viajes suelen aparecer y más aún cuando se va por libre y si además te adentras en zonas donde no hay turistas…la cosa puede que no salga tal y como la has planeado.

Respiramos hondo, analizamos la situación y las posibilidades mientras tomamos un té natural que nos trae muy amablemente su abuelita.

Trang, tampoco se da por vencida, así que hace otra llamada, después de 10 minutos al teléfono, esta vez adivino en su rostro que alguna buen noticia hay, se aparta el teléfono de la oreja y me dice de lo más contenta:

—¡Silvia mañana hay un bus a medio día!

—¡Reserva, reserva! Le digo entusiasmada.

—¡oeoeoeoeoeoeoe! ¡Bien!, por lo menos, saldremos mañana. ¿Tienes el teléfono del orfanato? Le digo preocupada por avisarles de que llegaría un día más tarde.

—Sí, sí, ya llamo y les explico.

Tras estas dos horas de tensión, entre llamadas y ver qué opciones teníamos, decidimos ir a dar una vuelta en moto. Me lleva al mercado del centro del pueblo, donde otros tíos tienen un puestecito donde venden fruta.

Degustando toda clase de frutas en el mercado local.

Degustando toda clase de frutas en el mercado local.

Me presenta y nos hace una degustación de todas las frutas…lichis, naranjas verdes, melones, uva… y mi preferida, la fruta del dragón…..externamente es de un color fucsia, muy llamativo, con algunos toques verdes, y en su interior parece un kiwi, pero  con la pulpa de color blanco y semillas negras, ¿el sabor? ¡único! ¡ummmm! Quieren que lo pruebe todo… y yo encantada, jejeje. Con un gran bocado, me zampo un enorme gajo de una especie de naranja, por mis manos y brazos me chorrea el jugo… está exquisita.

¡Qué festival de sabores! ¡Qué rico! Degusto toda clase de frutas exóticas, a excepción del apestoso durian, que lo miro de reojo con cara de pocos amigos… ya tuve bastante cuando lo probé en el orfanato, jejeje. Recordáis, esa fruta maloliente con olor a calcetín sudado…

Le pregunto a Trang si podría comprar una mosquitera como las que tienen en su casa para mi cama del orfanato…

Enseguida le pregunta a su tío, y nos dice:

—Ahora vuelvo, yo os la compro.

A los 10 minutos viene con mi tesoro, una mosquitera enorme de color azul. ¡Gracias! Ya estoy deseando instalarla en mi dormitorio.

Nos despedimos y con la moto nos dirigimos al centro del pueblo, paseamos por la plaza, con los cientos de puestecitos en la calle, alborotado de gente. Si algo me impresiona es que los vietnamitas hacen vida fuera de casa, o mejor dicho en las aceras, y otra de las puntualizaciones observadas es que comen casi siempre fuera.

En nuestro país, las aceras están despejadas y sirven para caminar, ¿verdad? Pues aquí, no, las aceras son aparcamiento de motos, son lugar donde sacarse unos banquitos y ver la gente pasar, sirven para montar los puestecitos de comida, lavan allí los platos e incluso pueden tumbarse sobre sus motos a descansar…

Nos sentamos en una de las mesitas a las que llamo de “pin y pon” y nos sirven un suculento y caliente plato de “phô bô”, exquisita sopa de carne de ternera con nudels que en esta ocasión también llevaba tofu. Si alguien se ha preocupado por mi estómago, deciros, que estoy perfecta, la comida de la calle es siempre del día, casera y de lo más sana.

Cenando phô en un puestecito de la calle.

Cenando phô en un puestecito de la calle.

Ya es tarde, así que nos vamos a casa, después de una ducha rápida, nos quedamos un rato tumbadas en el suelo de la cocina viendo la tele con su familia… bonita imagen para el recuerdo.

De nuevo, nos levantamos temprano con el sonido de los gallos, duchita mañanera y nos vamos con la moto a desayunar al mercado. Son las 7 de la mañana y el lugar, está muy vivo. Como siempre, soy el centro de atención, pero ya me he acostumbrado.

Divago entre pensamientos «Ahora mismo, me moriría por un café con leche y unas tostaditas… jejeje»

Pero no, estoy en Vietnam, así que desayuno otro gran tazón de “phô”, sí, sí, como lo escucháis, aquí se desayuna también esta humeante y sabrosa sopa. Hay muchas clases de phô donde varían los ingredientes, pero básicamente siempre es caldo con algo de carne y verduras.

Al principio, lo reconozco, me da un poco de reparo y “malagana” comérmela, pero haciendo caso de mi premisa viajera de “allá donde fueres haz lo que vieres”, me zampo todo el tazón de sopa. Mi querido café y tostaditas ya vendrán en otro momento…

Desayunando en el mercado local.

Desayunando en el mercado local.

Con el estómago bien lleno Trang me lleva a ver templos. Esta es una de mis debilidades, admiro su religión, me intereso mucho por el budismo y me apasiona aprender sus rituales. Simplemente os diré que “me llama esta religión”. Con un poquito de aquí y de allí, voy añadiendo matices a mi mundo interior.

Quedamos con una pareja de amigos suyos, y me empapo de la sabiduría de cada uno de ellos, y además dándose cuenta de mi interés por el lugar, respetan mi intimidad y he tenido mi momento de soledad para meditar y ponerle unas ofrendas a sus dioses. A pesar de que los templos no son ninguna maravilla faraónica, lo realmente magnífico, es la sinergia que se ha producido en ellos.

Podría hablaros largo y tendido de lo que he podido sentir y percibir en estos momentos de encuentro conmigo misma. De la energía que he sentido al posarme descalza frente al templo, del momento de reflexión, de quietud, de paz…

Pero con recelo a mi intimidad, se queda conmigo. Sólo os diré que en uno de los rituales, un monje me ha dado un papelito con un texto escrito en “vietnamita antiguo” que una vez traducido quedará grabado a fuego en mi memoria. Con el paso del tiempo, todavía me estremezco al pensarlo, hay ocasiones en la vida, por lo menos en la mía, en las que sí que he tenido que irme a la otra parte del mundo, para reflexionar, aceptar y observar mi vida desde otra perspectiva.

Templos en la zona de Cao Lanh.

Templos en la zona de Cao Lanh.

Después de esta experiencia religiosa, damos un gran paseo por un parque, es la hora de salida de los niños del colegio, me llama la atención la vestimenta de las niñas, con un blanco inmaculado, elegantes, lucen el uniforme de la escuela.

Un grupito se acerca a mi, le preguntan a Trang, alguna chapurrea en inglés, y me piden también una foto. El gusto es mío, son unas auténticas bellezas.

Foto con estudiantes vietnamitas a la salida del colegio.

Y a continuación nos vamos a otro mercado donde visitamos a su madre que está vendiendo bocadillos.

Puestecito de venta de bocatas de la madre de Trang.

Y ahora sí que sí, llega el final de mi aventura en casa de mi amiga vietnamita en un lugar algo perdido en la zona del Delta del Mekong.

Para celebrar mi despedida, han preparado una comida especial en casa a base de rollitos frescos de papel de arroz rellenos de gambas, pollo y verduras, llamados gỏi cuốn. Y una sopa de pescado que en vietnamita se dice cháo cá.

Me enseñan con todo detalle a prepararlos, jejejeje, en lugar de un rollito, el mio parece una albóndiga… con el segundo, ya le voy pillando el truquillo, y con el último ya toda una experta. El sabor del rollito es fresco, y mojándolo con la salsa agridulce, de nuevo, ¡delicioso! Por supuesto, comemos en el suelo de la cocina, que por la noche se convierte en dormitorio…

Por cierto, a las vietnamitas les encanta ir en pijama, sí, sí, e incluso por la calle es habitual verlas. Yo, me cambio y me coloco los vaqueros y el polo que me compré el otro día, es hora de marcharse.

Comida vietnamita en casa de Trang.

Comida vietnamita en casa de Trang.

Me despido de todos, la abuela parece que le entra el sentimiento y quiere hacerse fotos conmigo, me abraza y me habla como hasta ahora, lento y en voz alta pensando en que puedo así entenderla. Me dicen que vuelva cuando quiera, que es mi casa. Trang me traduce y me dice que todos están muy agradecidos y contentos de haberme tenido allí…

Y con casi unas lagrimitas, nos despedimos con mucho cariño.

Despedida con la familia de Trang.

Despedida con la familia de Trang.

Y de Trang que deciros, he tenido el placer de conocer a una chica maravillosa a la que considero mi amiga, pero amiga de las de verdad. A pesar de las diferencias culturales, hemos podido hablar de temas muy profundos e íntimos. Ella es hija única, algo muy extraño en este país y se ha despedido llamándome hermana, me ha dicho que soy la hermana que siempre había querido tener…

Hemos tejido una gran amistad estos días juntas y hemos vivido tanto en tan poco tiempo, que los sentimientos se magnifican.

Tras unos días de gran aprendizaje, aventura, fiestas y variedad culinaria, regreso al orfanato. Mis niños me esperan con los brazos abiertos y gritando corren hacia mi:

¡Silvia, Silvia!

 

CONTINUARÁ

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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