DE VOLUNTARIA EN VIETNAM 3ª PARTE

Hoy es jueves, ya ha pasado casi la semana y ya estoy totalmente integrada en la vida del orfanato. Me parece increíble la capacidad de adaptación que tenemos los seres humanos, no sé ni como, pero estoy viviendo el presente tan intensamente que en este preciso momento no concibo otra realidad que la que estoy sintiendo.

Mañana viernes, es la despedida de Víctor, el voluntario de Singapur y también mi primer fin de semana sola. Los viernes y sábados, nos recomiendan pasarlos en la ciudad, descansar y tener tiempo libre para nosotros. Si os soy sincera, creo que es totalmente necesario. Son 24 horas en el orfanato con una dedicación absoluta. Por una parte, me apetece desconectar, pero por otra, me preocupa, no tengo ni idea de donde dormir, ni qué hacer y por supuesto, ni con quién… esto último es lo de menos, la verdad. Hay ocasiones que la soledad es la mejor compañía.

­«Todo se andará» me digo animándome a mi misma.

El día pasa con la rutina diaria, estamos a punto de empezar la clase de inglés, y veo a una chica vietnamita de unos 20 años que se acerca:

—Hola, mi nombre es Trang, encantada de conoceros, soy universitaria y voluntaria local y hoy voy a ayudaros con las clases de inglés. Nos dice tímidamente pero con un inglés perfectísimo.

—¡Hola Trang! Encantada. Qué bien nos vas a venir, así podemos traducir algunas cosas. Le digo dándole la mano.

Acabada la clase, que por cierto fue bastante interesante al poder traducir palabras que de otro modo serían imposible de explicar, Trang nos dice si queremos ir a tomar algo a la calle.

Con gusto, aceptamos. Esos granizados de frutas naturales, son lo mejor para combatir el calor.

Es una chica muy maja, nos propone quedar mañana viernes para cenar en la ciudad.

«Ves Silvia, ya tienes plan para el viernes, si es que es pedirlo, y sin más, el Universo hace de las suyas para concedértelo» Me digo a mi misma muy contenta.

Nos despedimos hasta el día siguiente, hemos quedado a las 20:00 horas en Bui Vien Street a la altura del “Crazy Buffalo”, un bar muy conocido en Ho Chi Minh City.

Después de despedirme hasta mañana de los niños, me subo a la habitación y veo en la oscuridad del pequeño pasillo a Sohn, un chico de 12 años sentado fuera en mi puerta esperándome, se levanta rápido y juntando sus manos me entrega un regalito diciéndome:

—For you.

Me lo como… lo ha envuelto en folios… lo abro con cuidado y nada más y nada menos que me da su peluche… y en el torso del conejito puedo leer “Sohn”. Mi primera reacción es decirle que si es suyo que se lo quede, pero me insiste.

Se me parte el alma en cachitos… no tengo palabras…

«Mil gracias a la vida por darme estos momentos». Me voy a la cama intentando reconstruir mi alma…

Regalo peluche de Sonh, Nhi jugando con los bebés, niños haciendo de las suyas en el baño y siesta de grandullón y de baby old man.

Regalo peluche de Sohn, Nhi jugando con los bebés, niños haciendo de las suyas en el baño y siesta de grandullón y de baby old man.

Una mañana más, acabamos de desayunar y ya estamos jugando con los más pequeños, son pura energía. Y qué deciros de los bebés, gateando y explorando cada rincón de la sala. Ayyyy… pero mis ojos se centran en Cat, mi pequeña de apenas 6 meses, tumbada hacia arriba sobre el suelo, apenas se mueve. Pero ha sido verme, y notar un reflejo especial en sus ojos, una chispa en su mirada. Me acerco y le hablo, la abrazo y le susurro. Por unos instantes parece detenerse el tiempo, haciendo oídos sordos al algarabío de los niños… simplemente nos encontramos, le doy mi amor acunándola en mis brazos, me corresponde apretándome con sus manos. Y en poco más de 10 minutos, se duerme plácidamente. La dejo reposar sobre una loneta apartada del resto de niños. Y seguimos jugando a las palmas con el resto.

Es media mañana, y como es habitual salimos media hora a la calle, después de 4 horas seguidas sin descanso, una pausa nos viene de lujo.

Hoy tomamos una ruta alternativa y no me lo puedo creer, ¡una tienda de vestidos de novia! El maniquí a pesar de no tener pelo, faltarle dos dedos de la mano derecha y estar tuerto, luce como nadie un vestido estilo princesa con encaje y pedrería a tutiplén. Le pido a Víctor que me haga una foto junto al escaparate… no lo entiende muy bien, pero no para de reírse… Y es que el hacerme una foto junto a las tiendas de novias se ha convertido en toda una tradición en mi experiencia viajera por el  mundo, jejeje todo empezó en Perú, ¿verdad mis chicas p…p…kas? Jejeje En especial este recordatorio va por “Oli”. Tú me entiendes, jejeje.

Seguimos hasta llegar al barecito de siempre y mientras nos sentamos en la terraza aparece un señor con una gran sonrisa que viene a darme la mano muy amigablemente a la vez que me dice:

—¡Silvia! Nice to meet you. I´m Terry. Me dice dándome un cálido abrazo.

¡Ohhh! ¡Qué sorpresa!, es Terry, el fundador de la ONG. Es un hombre de unos 55 años, australiano pero afincado en Vietnam desde hace años. Desde España, nos habíamos cruzado muchos e-mails para organizar mi programa de voluntariado.

Se preocupa por mi, me pregunta que cómo estoy, cómo me va, sobre la adaptación, las clases de inglés… En lo que coincidimos es en lo difícil que es soportar el calor. Me comenta, que así es el Sur, señalándome su camisa empapada de sudor.

Me dice que ahora está buscando nuevos proyectos en Dalat, una localidad de montaña donde el clima es mucho más agradable. Le llaman la eterna primavera, y es que la temperatura oscila entre los 20 y 28 grados.

—Hoy me quedaré un rato con vosotros. Nos dice Terry sonriendo.

Volvemos al orfanato y ayudamos con la hora de la comida, mientras los niños hacen la siesta, nos quedamos conversando Terry, la directora del orfanato, Víctor y yo.

A Terry lo veo muy entregado, preguntando por las necesidades de los niños, haciendo balance de la ayuda prestada e intentando proponer mejoras.

Salimos fuera a “tomar el aire” por decirlo de algún modo.

—¿Queréis acompañarme a saludar al centro de discapacitados? está justo aquí al lado. Nos pregunta Terry a Víctor y a mi.

Le acompañamos, está a 5 minutos andando, y solo entrar, ya empiezo a tragar saliva y a colocarme con esfuerzo la “coraza de fuerza”, de lo contrario, me iría a una esquina a llorar desconsolada por lo que estaba viendo. Entramos a una estancia donde hay una veintena de hombres discapacitados físicos y psíquicos, con graves malformaciones a consecuencia todavía de la herencia de la Guerra de Vietnam. No quiero fijarme mucho ni entrar en detalles…

El agente naranja causó estragos y aún hoy en día, nacen niños con deformidades alarmantes…

Ante tal panorama, el brillo en sus ojos al vernos fue brutal, sus sonrisas, sus esfuerzos por comunicarse y sobretodo la ilusión que les hace el mostrarnos sus pinturas, orgullosos nos enseñan sus obras de arte, algunos de ellos pintados con los dedos de los pies.

Increíble. Sin palabras. Momentazo de reflexión reconociendo y admitiendo mis límites. Profundizando en un aspecto de mi interior al que jamás había tenido que llamar a la puerta. Tiempo de agradecimiento.

De pronto aparece Nhi, la niña que os comenté que tiene un retraso mental y que por ello no la dejan ir a la escuela, pero tampoco tiene ningún tipo de educación, simplemente está jugando todo el día en el orfanato. Se nota que le tiene un gran afecto. No me puedo aguantar y le digo a Terry:

—No entiendo por qué no puede ir a la escuela o por qué la profesora del orfanato no le da algún tipo de educación especial, el otro día intenté enseñarle algo, y me lo desaprobaron.

Nhi y yo jugando y aprendiendo con unas fichas que traje de España. Ejemplo claro de "dar y recibir".

Nhi y yo jugando y aprendiendo con unas fichas que traje de España. Ejemplo claro de “dar y recibir”.

—Silvia, lo sé, me lo vas a decir a mi, hace un par de años intenté adoptarla porque veía lo que tu estás viendo y porque es una niña realmente especial, y no lo permiten. Este centro no está autorizado para adopciones. Hay cosas que con mucho pesar, no podemos cambiarlas. Me responde Terry con cara de preocupación.

—Vaya, no sabía que no se pudiera adoptar, entonces, ¿los niños se crían aquí?. Le pregunto con interés.

—Sí, hasta los 16 años. Después se las tienen que apañar solos. Por eso es tan importante que aprendan inglés, ya que con el idioma tienen muchas más salidas laborales. Me cuenta, manteniendo el mismo gesto de preocupación pero con un atisbo de esperanza en sus ojos.

Seguimos un rato más hablando, se nota que hemos congeniado. Podríamos estar horas y horas hablando de las cientos de posibilidades para mejorar esta parte del planeta, sobre todo, lo relacionado con los niños. Mantenemos una de esas conversaciones animadas en las que el tiempo parece detenerse. Pero de pronto, uno de los niños impaciente, nos hace gestos señalando el reloj colgado en la cocina.

Miramos la hora, es el momento de la clase de inglés y los niños nos esperan ansiosos.

Hoy al estar Terry, toma él el mando, y pasamos mucho más tiempo con juegos y canciones, los niños están encantados, como siempre.

Terry se despide, me comenta que cuando acabe el voluntariado, podría ir a pasar unos días a Dalat, donde además del clima primaveral, podría ayudarle con los nuevos proyectos. «Ahí me llega otro plan». Me digo pensativa.

Es ya de noche, estamos esperando un taxi hace ya más de 45 minutos, no es una zona por donde circulen los taxis, así que llegar aquí, les cuesta.

Víctor ya tiene la maleta lista y apura los últimos minutos con los niños.

Se me acerca Duong, un niño de 11 años al que adoro especialmente. Lo veo triste, y cogiéndome un brazo se esfuerza por hacerse entender preguntándome:

—Teacher, you come back?

—Yeeees, of course!. Tomorrow, no. Sunday, I ´ll come back. Le digo intentando explicarle que el domingo yo regresaba. Duong se pensaba que yo también me marchaba para “siempre”.

—¡Silvia, come back, Silvia come back! . Dice gritando y saltando de alegría.

«Dios mío, qué duro que es esto. No quiero imaginarme el día que me toque a mi despedirme» me digo mordiéndome el labio inferior. Por un momento dudo en irme a la ciudad o quedarme en el Orfanato. «¿Cómo puede ser que les haya cogido tanto cariño a estos enanos? ¡Dios, cómo los quiero! Bueno Silvia, te vendrá bien un respiro… » Me digo.

Por fin aparece el taxi, despedida final de Víctor, los niños al unísono le gritan “Bye, Bye Víctor, Bye, Bye”. Y cerrando la puerta del vehículo llega el silencio.

Despedida Víctor Orfanato Ho Chi Minh.Me giro para ver cómo se encuentra Víctor y me dice resoplando:

—Es duro, bastante duro.

Después de casi una hora, llegamos a la animada calle del centro de la ciudad. Luces, música, gente por todas partes y de todas las nacionalidades, bares, terrazas, tiendecitas… y mis preferidos: Los chiringuitos auténticos con comida local con las mesitas de “pin  y pon”.

Chiringuitos vietnamitas con las mesitas de pin y pon.

Chiringuitos vietnamitas con las mesitas de pin y pon.

—¡Heyyy!¡Silvia!. Nos grita Trang saludándonos desde su moto.

—¡Hola Trang! Perdón por el retraso, no había manera que viniera un taxi. Le digo con cara de circunstancias.

Primero, necesitamos buscar un lugar para dormir, estamos en la calle de los “backpackers” así que empezamos a caminar. Trang entra a una “Guest House” y me dice que cuesta 9$/noche, pero creo que tendrá el mismo problema de insonorización que el primero en el que estuve y la verdad que me gustaría dormir plácidamente…

Me comenta Víctor, que aquí, lo típico es preguntar qué habitaciones tienen disponibles y que te las enseñen. Si te gusta, bien y si no, no pasa nada, como amigos. Es lo más común. Me quedo con cara de “¿comorrr?” jejeje. «Así es Vietnam».

Seguimos andando, y vemos otro con mucha mejor pinta que tiene un cartel en la puerta que pone: 18$/noche.

Entramos a este, pedimos que nos enseñen las habitaciones libres, y subimos, vemos una, pero da directo a la calle, le decimos que si tiene alguna que de a la parte de atrás, que sea más silenciosa, nos sube a otra planta, y ¡toma ya! ¡está genial! muy limpio, con internet y ¡cuarto de baño completo! «ya me estoy imaginando en la ducha…¡una ducha! y en la cama… ¡una cama! ¡síííí! tan grande y con sábanas…»

—Me quedo con esta. Les digo.

Víctor está de acuerdo, y reserva otra habitación para él. A las 6 tendrá que dejarla porque su avión a Australia sale temprano.

Estamos en recepción, haciendo el check in cuando de pronto Trang sale corriendo a la calle con cara de espanto.

—¡Mi moto! ¡mi moto! Noooooooooooooo. Empieza a maldecir cogiéndose la cabeza.

Salimos corriendo con cara de susto.

¡Dios! Le acaban de robar la moto. ¡Joder! Nos quedamos mudos.

Trang sale corriendo calle abajo, pero la veo que frena y se gira para volver hacia nosotros lentamente resignada.

—¡Mierda, mierda, mierda!. Se dice mientras se sienta en el bordillo del hotel para coger aire.

Parece que se tranquiliza, y nos dice que no le había puesto el candado… se cabrea consigo misma, nos dice que Vietnam es segura pero en el centro de la gran ciudad…Pues como en cualquier centro de cualquier gran ciudad del mundo.

La acompañamos a la policía a poner la denuncia aunque le dicen que probablemente ya le hayan quitado la matricula y puesto cuatro pegatinas y con los millones de motos que hay en Vietnam, poca esperanza hay de encontrarla…

Trang está blanca, la pobre. Su cara es un poema, y nosotros entre la despedida del orfanato y esto, las caras también nos llegan al suelo.

Son ya casi las 22:00 horas, y hay hambre.

—¡Venga vamos a tomar algo y nos relajamos! Les digo intentando romper el mal rollito.

Nos sentamos en una de las animadas terrazas y pedimos un plato de entrantes fritos para empezar. Les miro y les digo tratando de animar:

—Venga, ¿unas cervecitas?

Me miran y me dicen: ¡ok! Con cara de “de perdidos, al río”…

Nos traen 3 coronitas muy frías que siendo sincera, ha sido una de las cervezas que más a gusto me he bebido, después de tantos días de tanta calor, bebiendo sólo agua…

Poco a poco a Trang se le va pasando el disgusto. La música suena en la calle, el ambiente está genial y pedimos otra ronda de coronitas y otra y…jejejeje

Ambiente nocturno en Ho Chi Minh City.

Ambiente nocturno en Ho Chi Minh City.

Trang medio “contentilla” me dice con cara de pena:

—Silvia, ahora no puedo volver a mi casa.

—Trang, no te preocupes, tu hoy, te quedas conmigo en el hotel, habían dos camas, así que una para ti. Le digo brindando con las cervezas.

—¿De verdad? Nunca he estado en un hotel… Me dice brindando de nuevo.

La noche, ha dado un giro inesperado, y estamos de lo más animados. Le pregunto:

—Trang, ¿Aquí donde se puede ir a bailar?

—¿A bailar? Jejeje, yo no salgo nunca, pero por aquí creo que hay varios sitios. Me dice riéndose.

—¡Pues vamos antes de que salga mi avión, jejeje! Dice Víctor apurando de un trago su cerveza.

—Pero yo no tengo ropa apropiada. Me dice de nuevo Trang.

—Eso también lo arreglo yo, jejeje. Le digo mirándola de arriba abajo. ¡Vamos a la habitación que te visto y te maquillo en un momento!

Dicho y hecho, la verdad que sí que iba un tanto “recatada”. Le dejé un top de tirantes negro, unos shorts y la maquillé un poquito. Mientras, no paraba de decirme entre risas:

—Silvia, que yo no sé bailar… que nunca he estado en una discoteca…

tu me enseñas, tu me enseñas…

Y allá que vamos, una vietanmita, un singapurense y una española a pegarse la fiesta padre en la noche de Saigón.

Fiesta vietnamita en la noche de Saigon.

Fiesta vietnamita en la noche de Saigon.

Entramos a la discoteca, y vamos, seguro que os ha pasado alguna vez, una de esas noches que empiezan torcidas y acaban por ser una de las más memorables de vuestra vida. Pues así fue. Sólo os diré que puse a todos los vietnamitas de la discoteca bailando el “Danza Kuduro” y acabamos por subir Trang y yo al pódium bailando la danza del vientre con una canción de Shakira… jejejeje Todo un cuadro, sí, señor, pero de lo más divertido, jejeje.

Después de una noche así, sabes que tienes ganados dos amigos para toda la vida.

Cerramos la discoteca y con un gran abrazo nos despedimos “para siempre” de Víctor y nos fuimos a dormir. Uno de los mayores regalos que te dan los viajes son las amistades. Sin previo aviso conoces personas en tu camino con las que compartes días, horas o con suerte algunas semanas. Personas a las que probablemente no volverás a ver, pero son personas que han estado exactamente donde tenían que estar para compartir juntos experiencias viajeras y que mientras estuvieron fueron tus amigos del alma. En los viajes todo se vive más intensamente, los sentimientos se magnifican y las buenas amistades permanecerán en el recuerdo, por siempre.

Nos despertamos  pronto con un “ligero” dolor de cabeza y un zumbido en los oídos por lo alta que estaba la música de la disco. Trang me dice:

—Me tengo que ir, que hoy me voy a casa de mis padres que viven a las afueras.

—Ok, yo me quedaré por aquí a ver la ciudad “de día”, jejeje. Le digo sin muchas ganas de levantarme todavía de la cama.

Se me queda mirando y me dice:

—¿Por qué no te vienes? ¡Te invito a pasar el fin de semana a mi “hometown”! Me pregunta entusiasmada.

—¿Cuándo? ¿Dónde ? ¿Cómo vamos? ¿ahora? Le pregunto con un ojo medio cerrado todavía.

—Está a las afueras, tenemos que coger un par de autobuses, venga, por favoooooor…

Le digo que sí, pero uno de esos síes que se dicen sin pensar.

Cogemos un autobús y nos dirigimos hacia la habitación que tiene alquilada cerca de la universidad, donde vive sola. Paramos en un barrio a escasa media hora del centro. Empezamos a caminar entre callejones estrechos, la gente me mira con curiosidad. Me dice:

—Aquí es, tengo alquilada una habitación en la parte de arriba. Subiendo unas escaleras de tablones de madera, me da más la sensación de que estoy subiendo a una “casita de un árbol” que a una habitación como tal. Y ahí esta, su dormitorio, hecho de tablones, no tiene cristales, ni nada, tiene ventanales que se cierran con otros tablones, tampoco tiene cama, en su lugar una esterilla, me dice que me acomode mientras hace la maleta. Veo un hornillo de camping, una mini neverita, el ordenador, y un armario. Le pregunto por el aseo, y me dice que está fuera…

La verdad que me quedo impresionada por ver en las condiciones en las que no solo vive sino que estudia y se saca la carrera con nota.

—¡Listo! ¡Vámonos! Me dice.

Cogemos otro autobús que nos lleva a una central de autobuses donde compramos dos billetes para “Cao Lahn”, sale en un par de horas, así que aprovechamos para ir a un centro comercial que está justo al lado.

Trang es ahora la que me mira de arriba a abajo y me dice:

—Ahora soy yo la que te tengo que vestir como una vietnamita, jejeje.

La verdad es que yo llevo camisetas con tirantes y pantalones cortos, pero las vietnamitas siempre visten con vaqueros, polos y su máscara en la cara para proteger del sol y de la contaminación. Sigo mi lema viajero de “allá donde fueres haz lo que vieres” así es que nos acercamos a la planta de ropa y me dejo vestir por Trang.

Un par de vaqueros, tres polos y una máscara y lista para pasar desapercibida, jejeje.

Comemos allí mismo un plato de arroz con carne y verduras, muy rico… estaba ya a puntito de desfallecer… lo que aún no he conseguido probar es el café… En fin… ya llegará, jejeje.

Subimos al autobús, nos acomodamos, tenemos casi cuatro horas de viaje… no paramos de hablar, preguntarnos por las costumbres propias de cada país, nuestras vidas, nuestras expectativas y sobre todo sobre el amor. Trang es una chica soñadora, inconformista, luchadora y en busca de su príncipe azul… la verdad que me asombro  al darme cuenta de las conversaciones tan profundas que tenemos, rompiendo las barreras no solo del idioma si no también de las fronteras.

El autobús hace una parada para descansar, es como un área de servicio pero a la vietnamita, jejeje. Nos compramos unos saquitos hechos con hojas rellenos de arroz blanco aliñado con algo dulce que no logro identificar. Voy al aseo, un agujero en el suelo al cual prefiero no asomarme hacen que mis piernas se preparen en un movimiento estratégico para hacer de la mejor forma posible mis necesidades… «¿papel?¿Estás de coña Silvia? ¿Y la cadena? Ahí veo la manguerita… ufff ni de coña la toco, jejejej» me digo a mí misma en un monólogo de lo más chistoso. De verdad, que los momentos baños en este tipo de viajes son para enmarcar.

Seguimos el viaje, el paisaje empieza a cambiar completamente, observo mucha más selva a ambos lados, ojeo mi guía para situarme donde vamos, pero no hay manera de encontrarlo. Estamos cerca del Mekong y a poca distancia de Camboya.

—¡Mira ya estamos llegando! Prepárate para bajar. Me dice Trang entusiasmada.

El autobús se detiene en mitad de la carretera, no hay parada de bus, ni población, ni vehículos, vamos,  nada, bajamos y a la derecha vegetación espesa, a la izquierda selva con cañas de bambú…

—¡Crucemos la calle! Al final del sendero está la casa de mi familia.

Sigo caminando por un camino de tierra, «creo que voy a necesitar repelente ya» me digo pensando en que me puede aparecer algún “bichito” algo más grande…

casa Trang Cao Lanh

Hometown Trang, Cao Lanh.

Ahí veo una casita blanca entre la densa vegetación…

«Dios mío, ¿cómo se me ocurre irme a la quinta puñeta con una chica que conocí hace dos días? Vale, sí, la conozco bastante bien, pero sólo de dos días…¿habrá cobertura de móvil? ¿y cómo le hago saber a mi familia donde estoy? »

Los miedos y la incertidumbre se apoderan de mi por unos momentos, en mi rostro una sonrisa medio forzada por la gran duda de saber dónde voy a pasar el fin de semana… alzo la vista y veo a su familia hacia nosotras…

«¡La virgen! ¿dónde co.. me he metido?

CONTINUARÁ

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6 pensamientos en “DE VOLUNTARIA EN VIETNAM 3ª PARTE

  1. He tardado un poquito en comentar pero ya me he leído todos tus post, todos los viajes son diferentes y geniales pero este lo tiene todo y que experiencia y valla valor que tienes!!! pido lo mismo que por aquí arriba, cuarta parte ya!!!

  2. Hola Silvia! Estoy viviendo en saigon 6 meses xq estoy aqui trabajando, y queria hacer un voluntariado los fines de semana y he llegado a tu blog! Crees que ahi seria posible hacer de voluntaria los findes??? Besitos y saludos!!!!!

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